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Del telar al FabLab

Diego García-Setién Terol
2011

Del telar al FabLab [hacia una didáctica creativa y productiva].

“… la mejor enseñanza es la experiencia propia… la invención, incluso la re-invención, es la esencia del trabajo creativo…. damos materiales a los estudiantes para que los manipulen… tenemos un buen surtido de herramientas y maquinaria en el taller… sabemos que este proceso de aprendizaje por experimentación lleva más tiempo, incluye rodeos y vías muertas… los caminos indirectos y el sistema de prueba y error agudizan el sentido crítico, enseñan por experiencia y estimulan el deseo de hacer las cosas mejor y con mayor precisión… los proyectos se evalúan según la proporción ‘esfuerzo-resultado’… se enfatiza un aspecto muy importante de la enseñanza, la economía… (de trabajo y de materiales)… el uso de cualquier material debe dejar el menor desperdicio posible… el ahorro pone un acento en la ligereza… (la economía) se busca comprobando la capacidad máxima del material… poniendo el énfasis en las consideraciones técnicas y económicas en lugar de en las estéticas… establece una base de acuerdo sobre los principios generales y contemporáneos de la forma, moderando las exageraciones del individualismo … (que) no es en principio un objetivo… es tarea de la escuela integrar al individuo en la sociedad y su economía y hacerle compartir las actividades de su tiempo…”1

La descripción que hacía Josef Albers sobre el vorkurs, o curso preparatorio de la Bauhaus de Dessau en 1928, nos resulta de sorprendente utilidad y actualidad, para enunciar las intenciones, los objetivos y la didáctica que practicamos en el CoLaboratorio de la ETSAM. Pero antes de señalar las evidentes similitudes, conviene reconocer algunas diferencias con la mítica escuela de diseño alemana.

Arte, acción y trabajo fueron las constantes didácticas de la Bauhaus, y la práctica en los talleres fue el rasgo distintivo para sus estudiantes, quienes se clasificaban como aprendices, oficiales o maestros de acuerdo con la tradición artesanal. Richard Sennett escribía recientemente2 que “la artesanía abarca mucho más que el trabajo manual especializado, al designar un compromiso vital y un impulso por realizar bien una tarea, centrándose en patrones objetivos aplicables a cualquier campo de actividad”.
Así ocurre en la enseñanza –y práctica- de arquitectura en nuestras escuelas, pero a diferencia del aprendizaje en un taller artesano, donde se produce

hacia el exterior, ofreciendo sus resultados a la sociedad, la producción de los estudiantes no se relaciona con aquella, quedando casi siempre orientada hacia el interior, asemejándose al trabajo introvertido de un artista al uso. Redactamos proyectos a menudo únicos y ad hoc, que casi nunca se optimizan ni mejoran, al contrario de lo que sucede con los prototipos, de naturaleza perfectible. Así ensalzamos la individualidad, cuando sabemos desde hace mucho, que nuestro trabajo necesita el concurso de muchos profesionales.
El taller de la bauhaus es deudor de una pedagogía basada en ‘aprender a pensar constructivamente’, que tiene sus raíces en las corrientes pedagógicas de vanguardia nacidas en el cambio de siglo pasado, como la ‘Escuela del trabajo’, la ‘escuela activa’ de Kerschensteiner, el ‘activismo’ de Montessori, o el ‘progresivismo’ de Dewey3 Gropius la implantó y transfirió hacia el productivismo, y Hannes Meyer lo orientó a la industrialización; ambos directores convirtieron la bauhaus en un laboratorio experimental de la industria, a la que vendían sus ideas, patentes y prototipos, para que ella se ocupara de su producción en serie, aprovechando así la principal ventaja de la producción industrial frente a la artesanal: el tiempo empleado para fabricar un determinado número de productos.

Con su traslado de la sede a Dessau (1925) se inició el periodo de madurez de la bauhaus, creándose la sociedad mercantil ‘Bauhaus GMBH’ para vender los diseños de muebles, textiles y demás objetos de uso cotidiano, desarrollados por los estudiantes.

Los talleres se mecanizaron y en especial los de mobiliario y tejido -dirigidos por los exalumnos M. Breuer y G. Stölzl- fueron los más rentables en términos empresariales. La colaboración con la industria permitió a Breuer producir sus primeros prototipos de sillas de tubo en las instalaciones de la Junkers AG, empresa local aeronáutica; luego explotó sus patentes a través de Standard Möbel, mientras que muchos diseños del taller de Stölzl, fueron producidos por Polytextil-Gesellschaft y Deutscher Werkstätte.
Con las ventas de los diseños y prototipos, se pretendía financiar la escuela, ampliar los talleres o gratificar a los estudiantes. Como resultado de la colaboración entre ambos talleres, surgió la emblemática silla ‘b3’, con estructura de tubo de acero niquelado y asiento y brazos textiles.

Aunque en general la bauhaus producía industrialmente de manera indirecta, a través de empresas privadas, es especialmente interesante el caso del taller de tejidos4, pues contaba con 25 telares mecanizados, pudiendo realizar una producción en serie propia. Entre aquellos, se contaban algunos telares ‘Jacquard’, los primeros totalmente automáticos (1801), que funcionaban mediante un sistema de tarjetas
perforadas
5 con las que, hasta los usuarios más inexpertos, podían tejer patrones complejos. Treinta años después, basándose en el sistema informático de aquel artefacto, C. Babbage -padre de la computación- construyó su máquina analítica, considerada el primer ordenador-impresora moderno. Así, los primeros ordenadores, servomecanismos y máquinas de herramienta, usaban tarjetas o cintas perforadas para programar secuencias de acciones y rutinas. Hoy los microprocesadores se integran en las máquinas CNC (Computer Numeric Control), que han revolucionado la industria moderna. Estas son las máquinas utilizadas en el CoLaboratorio, y al igual que los telares automatizados de Dessau, permiten a los estudiantes fabricar, de manera restrictiva pero eficiente, elementos en 2 dimensiones con los que construir –esta vez en 3D- aquello que han diseñado, fomentando el método de prueba y error, propio de todo prototipado.

Un primer éxito del CoLaboratorio –tras ser el primer curso calificado generosamente en la ETSAM, como innovador- ha sido poder ampliar su equipamiento con una máquina fresadora CNC, de 3 ejes y mesa de 2 x1m, que junto con la antigua cortadora láser de 60 x 30cm,

usada para ensayos previos, han servido en el presente curso, para desarrollar prototipos esféricos de 3m de diámetro, con dos posibles materiales: contrachapado de 4mm y espuma de poliestireno de 40mm; los alumnos se han sumergido en la geodesia y la trigonometría esférica, con la dificultad añadida del aumento de escala.
Los talleres de Dessau funcionaron ideológicamente como una ‘estación de paso’ a la industria, y con un fin último: fabricar en serie mejores productos, a precios asequibles que llegaran a sectores más amplios de la sociedad. En el CoLab aspiramos a externalizar la producción de una escuela de arquitectura, ofreciendo a la sociedad algo más que titulados.
Los medios para construir esta nueva relación político-productiva de la Universidad, están por definirse aunque ya existen modelos de estructuras colaborativas virtuales que proliferan en todo el mundo, como la red de FabLab6, o proyectos como Wikihouse. Estos colaboratorios7 están orientados hacia un desarrollo colectivo de prototipos, cuyo diseño está disponible y libre de cargas, para que cualquier persona, en cualquier lugar del mundo, haga uso de él y pueda construirlos, valiéndose de maquinaria de tipo CNC para su fabricación. Esta práctica asume un nuevo concepto de autoría colectiva, que tiene soporte legal a través de los ‘creative commons’ y el ‘copy-left’, diferentes modos de cesión de derechos de propiedad intelectual al dominio público.
En 2011, CoLaboratorio pasa de grado a postgrado, incluyéndose en el Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados (MPAA) de la ETSAM. Desde este contexto más vinculado a la investigación y a la práctica profesional, continuaremos ‘aprendiendo a pensar productivamente’ –con modestos recursos, inteligencia colectiva y una gran ambición- para establecer las bases de una nueva ‘estación de paso’, verdaderamente innovadora.

(1) ‘Josef Albers. ‘Educación Creativa’. En F. Soriano, J. Ballesteros. Fisuras 3 1/3. Pág 136-147. Madrid 1995. Traducción de la conferencia transcrita ‘Enseñanza práctica de la forma’ para el VI Congreso Intl. de Educación artística de Praga en 1928.

(2) Richard Sennett. El artesano. Yale university Press. New Haven, 2008. (Anagrama, 2009 Pág 32).

(3) Tomás Maldonado: Arte, educación y ciencia. Hacia una nueva creatividad proyectual. Casabella 435, 1978.

(4) La importancia dada desde el inicio de la Bauhaus al tejido, hace oportuno recordar la importancia que Semper daba al arte textil, que denomina “arte original” y primero de los 4 “procedimientos técnicos originales” con los que el hombre puede producir forma (además de la cerámica, la madera y la piedra). Atribuía a la pared un origen textil, enunciando así el principio tectónico de toda construcción ligera, configurada a partir de técnicas artesanales y primitivas como tejer, trenzar y anudar. Gottfried Semper. El estilo en las artes técnicas y tectónicas y otras précticas estéticas (I). Verlag für kunst und wissenschaft. Fráncfort,1860. Pág 13.

(5) Las tarjetas perforadas se aplicaron a los telares desde 1725, y acompañaron el desarrollo de mecanismos, autómatas e informática hasta 1950,empleándose como soporte de información (código binario), hasta caer en desuso con la aparición de los soportes magnéticos y ópticos, más pequeños y capaces.

(6) Un Fablab (Fabrication Laboratory) es un espacio de producción de objetos físicos a escala personal o local que agrupa máquinas controladas por ordenadores. Su particularidad reside en su tamaño y en su fuerte vinculación con la sociedad. Se estima que hoy existen 59 FabLabs oficiales en todo el mundo. (Wikipedia).

(7) Colaboratorio: término acuñado por Koichiro Matsuura en 1999. Designa un centro de investigación distribuido. Al explotar las tecnologías de la información y la comunicación, el colaboratorio permite a los investigadores trabajar juntos en un mismo proyecto, aunque que se hallen muy lejos unos de otros. (Wikipedia)